sternstaub

los luminosos ladridos de un Diógenes contemporáneo

El político y tenista en piscina de lona, Sigifredo Sternstaub, creía estar en lo correcto al afirmar que todas las virtudes son meras apariencias. Incluso la humildad es una forma del drama, o dicho de otra manera, “ser humilde requiere una hipocresía expertise”. “Una persona genuinamente humilde es un creído mandado de sí mismo”, anunció al público mientras se negaba a recibir cierto galardón de poca monta, no por humildad, sino a cambio de una buena compensación monetaria.

El hipócrita, que para Sigifredo es un soberbio empedernido, es capaz de ejecer la bondad, la justicia o la belleza valiéndose de una autoestima exagerada, de un exacerbado convencimiento de que sólo uno mismo es capaz de ser así de bueno, así de justo, así de bello. “Hay que saber dárselas”, “Para creídos, aquí el más mejor”, cantaba en sus tangos “El petiso” y “No valés un mango”.

Para la época de la colorida década del pimpollo, Sternstaub, había conseguido no con menor éxito desprenderse de todas sus virtudes, excepto una: la soberbia.

Hace dos años, el poeta e inventor del motín en balsa inflable, Sigifredo Sternstaub, en un ataque de entrenada estupidez emprendía una atrevida azaña. Sigifredo se propuso reescribir toda la obra de Calabria (o Cantabria para Álvarez Thomas) valiéndose únicamente del recurso de su propia memoria.

Sternstaub, como todos sabemos, fue uno de los principales colaboradores en la redacción de los famosos cuadernillos del italiano, por lo que la tarea de retomar lo allí escrito no sería mayor problema excepto por la evidente dificultad de cualquier persona para recordar un texto tan extenso en general y por la de Sternstaub para recordar cosa alguna en particular. Sternstaub posee lo que en el medio científico se conoce como la memoria de lámpara, lo que le ha ganado títulos tales como “volantín”, “cabeza de berenjena” o “viejo choto” entre tantos.

Una vez, Sternstaub pasó dos horas de pie ante la puerta de la casa de quien era su pretendida de aquella juventud. Cuando se le preguntó qué o a quién buscaba se limitó a contestar “no me acuerdo”. En otra oportunidad fue encontrado infraganti con la esposa del duque Lucien de Bernardo, historia cuyo desenlace es de público conocimiento.

El sentido común o quizá una penosa desvergüenza ha sido motivo para muchos de los allegados al poeta, entre ellos quienes componen esta editorial, para intentar que Sigifredo detenga la empresa. Todo esfuerzo ha sido fútil: Sternstaub niega rotundamente haber iniciado proyecto tal (o mejor dicho, no lo recuerda).

Mientras tanto, los dos tomos del nuevo libro de Sigifredo Sternstaub, “Calabria recompuesto: técnicas de fuerza bruta cerebral” ya están a la venta en todas las librerías del país.

La Facultad de Letras de la Universidad del Cayal organizó alguna vez la primera y única convención de especialistas en el género de la novela documental. El bien financiado evento contó con la presencia de guionistas de la talla de Brunéi Bardou, Vicente Flores y la actriz Shelley Daqui. Un día antes de la solemne inauguración, llegó noticia de Londres: el esperado “genio del siglo”, John J. Philips, no llegaría. Ante la urgencia de cubrir el hueco en la agenda, la junta directiva invitó al inigualable teórico y carpintero del alma, el Dr. Sigifredo Sternstaub, quien aceptó inmediatamente debido a su aprecio por las suplencias de última hora.

Una tarde (Álvarez Thomas en su Crónica de la Ilustración, la ubicará en “el 3 de febrero”) se acercó a Sternstaub un estudiante que acaba de escribir un ensayo basado en sus propios experimentos sobre la “Técnica Instrospectiva de la Clasificación de los Discos de Jazz (y quizá algunos otros)” – obra más reciente del galán patagónico – con la intención de discutir sus conclusiones con el autor.

Es conocimiento de todos la enorme disposición de Sternstaub hacia la juventud, gracias a la cual “la patira ha alcanzado la virtud y la gloria anhelada por nuestros padres fundadores”. Genuino a sus palabras y aún más a su corazón, Sigifredo miró al prometedor pupilo, le robó la cartera y un salamín (que él mismo le había regalado) y huyó corriendo al grito de “¡Agarrámela!

El filántropo argentino y reconocido amante de la milanesa napolitana, Sigifredo Sternstaub, publicó, en octubre de 1966, un enunciado sobre la Teoría unificadora del comportamiento del drofto en condiciones de homogeneidad acústica. Teoría que lo llevó a la fama y a ganarse un lugar entre la comunidad científica.

Desde aquel momento a la fecha, la vida de miles de personas ha sido impactada por las implicaciones de la Teoría. Sociólogos y pensadores de todo al mundo han concluido una y otra vez que “los aportes de Sternstaub a la filosofía, las matemáticas, la poesía y la cocina peruana nos han hecho una humanidad razonablemente más avanzada y preparada para una felicidad duradera” (rv. Palermo, 1998, ad. 7).

Hoy, 53 años más tarde, se ha demostrado que Sigifredo estaba equivocado.

El año 1952 de nuestra era fue bisiesto. En todos y cada uno de los 366 días de ese año, el podólogo argentino y campeón americano de canto en ducha, Sigifredo Sternstaub, vistió como único calzado un par de ojotas en razón de protesta contra los fabricantes de cordones que “atan a los fabricantes de zapatillas sumiéndolos en la esclavitud de la dependencia”.

En todos y cada uno de los 366 días de ese año, se registraron fuertes nevadas en la localidad patagonica de Bolsaeué, hogar del premiado cantor.

Sigifredo estaba en Miami.